Es un ataque directo a la lucha de clases, a la desmesura y envilecimiento en que incurren las élites, a la insostenibilidad de la sociedad en la que vivimos y a la superficialidad que tiñe las relaciones actuales.
El film parece contener dentro de sí mismo distintas películas, a cada cual más demencial, pero ninguna innecesaria o tediosa. Así, al comienzo, vemos una parodia de la toxicidad de algunas relaciones románticas, con escenas que muestran metafóricamente los estereotipos de género o el dolor que sufre quien trata en vano de expresar sus sentimientos a una pareja que es un muro emocional y la invalida constantemente.
Varios aspectos resultan destacables en El triángulo de la tristeza: la fotografía, con unos planos iniciales centrados en las expresiones faciales de los actores y sin diálogos que ensalzan la incomodidad de una relación cargada de carencias, o con un movimiento de cámara tremendamente efectivo que logra que el propio espectador sienta el mareo que sufren los personajes. Asimismo, dentro de la constante diversión de la película, sobresalen algunas escenas hilarantes, como el degradante paso de la tripulación por el tobogán del barco o el duelo dialéctico entre el capitán y el empresario en pleno hundimiento -mi escena favorita-; y otras que encierran simbolizaciones más veladas, como la mosca -el trabajador- que molesta a la pareja mientras toman el sol en la cubierta.
Es una versión influencer y socarrona de Titanic que se puede disfrutar tanto si buscas reírte durante dos horas y media como profundizar en la crítica social que el director trata de transmitirnos.

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